El evento cultural ha sabido evolucionar sin perder su esencia: reunir al público en torno a la pantalla y mantener viva la experiencia compartida del cine
La Semana de Cine de Melilla nace y se consolida a partir de una idea sencilla pero profundamente significativa: el cine es una experiencia colectiva que cobra todo su sentido cuando se comparte. Esa reflexión, expresada por Moisés Salama, codirector del evento, sirve como eje para comprender la evolución de un proyecto cultural que durante casi dos décadas ha trabajado para acercar el séptimo arte a la ciudadanía melillense y ampliar el acceso a un cine diferente al puramente comercial.
El origen de la Semana de Cine se sitúa en un contexto en el que Melilla contaba con una oferta cinematográfica muy limitada. La existencia de un único cine comercial y una programación centrada principalmente en grandes producciones dejaba poco espacio para propuestas alternativas o de cine de autor. Ante esa situación, desde el entorno de la Uned surgió una iniciativa impulsada por Moisés Salama, Miguel Ángel Oeste y Ángel Castro, quienes comenzaron organizando ciclos de cine con la intención de ofrecer películas que normalmente no llegaban a la ciudad. Más que cubrir una carencia cultural, el objetivo era ampliar la mirada del público y fomentar una relación más rica y diversa con el cine.
Con el tiempo, aquellos primeros ciclos se transformaron en la Semana de Cine de Melilla, un evento que fue adquiriendo identidad propia y creciendo en ambición. Ya no se trataba únicamente de proyectar películas, sino de crear un espacio de encuentro cultural donde el cine pudiera vivirse de manera cercana y participativa. La iniciativa evolucionó hacia una propuesta más completa, en la que las proyecciones se complementaban con actividades que favorecían el diálogo y la interacción entre el público y los profesionales del sector.
A medida que el evento crecía, también fueron apareciendo distintos premios y reconocimientos. Entre ellos destaca especialmente el premio José Sacristán, surgido tras la visita del actor a Melilla. Su regreso a la ciudad, marcado emocionalmente por recuerdos de su servicio militar, dejó una huella importante en la organización, que decidió convertir aquella experiencia en un símbolo permanente mediante un galardón destinado a reconocer trayectorias destacadas dentro del cine. Posteriormente se añadieron otros reconocimientos, como el premio internacional y el premio Amlega Falda Tul Roja, que aportan al festival una dimensión más amplia y social, conectando el cine con la diversidad y distintos colectivos sociales.
Otro aspecto esencial en la trayectoria de la Semana de Cine ha sido su capacidad de adaptación a los cambios en el consumo audiovisual. Durante los últimos dieciocho años, la aparición de las plataformas digitales y el auge del consumo doméstico han transformado profundamente la manera de ver cine. Frente a esta situación, el festival ha reforzado precisamente aquello que lo diferencia: la experiencia colectiva de la sala de cine. La organización defiende que emociones como la risa, el silencio, la tensión o la emoción adquieren una intensidad especial cuando se comparten con otros espectadores. Por ello, uno de los grandes retos del evento ha sido recuperar el hábito de acudir al cine y reivindicar el valor de la sala como espacio cultural y social.
La programación desempeña un papel clave en este objetivo. La Semana de Cine apuesta por una oferta variada y equilibrada que combina cine comercial y cine de autor, intentando conectar con públicos muy diversos. Esta mezcla refleja la pluralidad del propio mundo cinematográfico y evita limitar el festival a una única visión del cine. El criterio principal no es únicamente el gusto personal de los organizadores, sino la búsqueda de una programación abierta y accesible que permita llegar al mayor número posible de espectadores.
Además de las proyecciones, las actividades paralelas han ido ganando cada vez más importancia. Destacan especialmente los cinefórums dirigidos a colegios e institutos, donde el cine se utiliza como herramienta educativa y de reflexión. Estas iniciativas ayudan a formar nuevos públicos y fomentan el pensamiento crítico entre los jóvenes, garantizando así la continuidad de la relación entre las nuevas generaciones y las salas de cine.
El cortometraje ocupa también un lugar destacado dentro del festival. Lejos de considerarse un formato menor, se entiende como un espacio fundamental para el descubrimiento de nuevos talentos. El certamen nacional de cortos ha llegado a reunir cientos de trabajos y sirve además para dar visibilidad a creadores melillenses, fortaleciendo así el vínculo entre el festival y la ciudad. Esta apuesta por los nuevos realizadores convierte a la Semana de Cine en una auténtica plataforma cultural y artística.
La participación de numerosos invitados conocidos ha contribuido igualmente a dar prestigio y proyección al evento. Actores y actrices como Mario Casas, Dani Rovira, Ana Belén, Maribel Verdú o Aitana Sánchez-Gijón han pasado por Melilla, generando una relación muy positiva entre la ciudad y el mundo del cine. Según explica Salama, muchos de estos invitados descubren una ciudad que no conocían y posteriormente se convierten en auténticos embajadores culturales de esa experiencia fuera de Melilla.
Después de dieciocho años de trayectoria, la Semana de Cine de Melilla se presenta como un proyecto consolidado que ha sabido evolucionar sin perder su esencia inicial. Ha logrado adaptarse a los cambios tecnológicos y culturales manteniendo firme su principal objetivo: defender el cine como una experiencia compartida y colectiva. En un momento marcado por la tensión entre las plataformas digitales y las salas tradicionales, el festival continúa reivindicando el valor de reunirse frente a una pantalla para emocionarse, reflexionar y disfrutar juntos de las historias que ofrece el cine.

